Capitulo 1 de mi libro:
Apego y Psicopatología. La ansiedad y su origen.

Curso de Neurociencias afectivas y traumas, en el Colegio de Psicólogos (COPAO)
22 septiembre, 2017

Capitulo 1 de mi libro:
Apego y Psicopatología. La ansiedad y su origen.

Capítulo 1

Cerebro, cuerpo y mente

EMOCIONES Y COGNICIÓN

Tanto nuestra anatomía como nuestra fisiología son el resultado de millones de años de evolución, un proceso que ha ido añadiendo estructuras nerviosas que resultaron útiles a las especies que nos precedieron filogenéticamente. El cerebro de los seres vivos ha ido desarrollándose, conservando estructuras y funciones que resultaron útiles para la supervivencia, y alcanzando cada vez niveles más complejos. Para los seres humanos, esto ha supuesto el desarrollo de estructuras cerebrales que realizan tareas específicas y que han permitido, entre otras funciones, la aparición del lenguaje. Con este, se abrió la posibilidad de establecer una comunicación compleja con otros seres, fabricar herramientas y poder adaptarnos a cualquier ecosistema. Esto es lo que conocemos como cognición y es una característica que no compartimos con ninguna otra especie animal.

Nosotros también compartimos muchas estructuras y funciones cerebrales con los seres que nos han precedido en la escala evolutiva. Poseemos áreas cerebrales que regulan el miedo, la reproducción o la alimentación; regiones cerebrales que también poseen los reptiles. Con los mamíferos compartimos también la presencia de «emociones», que nos hacen cuidar de nuestros hijos, ser animales sociales y ayudan a modular, con mayor o menor acierto, nuestras acciones.

No exagero al decir que, a nivel psicológico, las implicaciones de lo anterior son enormes. Los seres humanos tenemos que procesar la información a dos niveles diferentes: uno cognitivo, a través del pensamiento, y otro emocional. Ninguna otra especie animal puede conducir un coche o dirigir una orquesta, pero sí pueden sentir emociones como rabia, miedo o apego a su descendencia. Las emociones van a regular gran parte de nuestro comportamiento y nuestros pensamientos, y a menudo van a estar en contradicción con lo que sabemos que resulta lógico. Como ser humano, no soy ajeno a esta paradoja y, como todos, muchas veces a lo largo de mi vida he hecho cosas de las que sabía que probablemente me iba a arrepentir, pero aun así no he podido dejar de hacerlas.

La palabra emoción proviene del latín emotivo que significa «movimiento o impulso», «aquello que mueve hacia». Por tanto, la etimología nos indica que la emoción es lo que hace que actuemos o sintamos en función de ciertos estímulos internos (interoceptivos) o externos (exteroceptivos) que no podemos controlar voluntariamente. Las emociones son inconscientes y, a diferencia de las cogniciones, no podemos evocarlas a voluntad, surgen de forma espontánea en función de diferentes estímulos o bien, como veremos más adelante, mediadas por nuestro pensamiento.

Durante mis años de universidad, por increíble que parezca, en la facultad nunca oí hablar de las emociones ni del papel que representaban en nuestras vidas. En aquella época, el paradigma dominante era la corriente cognitiva y algunos apuntes de psicoanálisis. Posteriormente, en mis primeros años de formación de postgrado tampoco encontré a nadie que me hablara de la importancia de las emociones, como si no fueran relevantes en la terapia, aunque estuvieran presentes. Más adelante, descubrí que son muchos los autores que, en la actualidad, están estudiando las emociones a nivel biológico y destacando el papel dominante que ocupan en nuestra vida y que deben tener en nuestro trabajo terapéutico.

Uno de los autores contemporáneos que más insiste en la importancia de las emociones en los procesos psicológicos es Siegel (2010), quien afirma: «….las emociones presentan procesos dinámicos creados dentro de los procesos del cerebro que evalúan el sentido de nuestras acciones y están socialmente influidos…» (p. 184). Las emociones son vitales para la supervivencia y para todo lo que esta conlleva, como el miedo, la búsqueda de pareja o la crianza de los hijos. Nos permiten evaluar, de forma consciente o inconsciente, las oportunidades y riesgos que nos rodean en relación con nosotros mismos y con los demás.

Siegel (2010) defiende que la emoción es el resultado de una valoración subjetiva de determinados estímulos que pueden ser tanto internos como externos. Mediante las emociones, por tanto, podemos valorar consciente o inconscientemente si una situación es más o menos favorable para nuestra supervivencia o la de nuestra descendencia. Porges (2009, 2011) desarrolló el concepto de «neurocepción» para resaltar el proceso neuronal inconsciente que distingue si los estímulos externos (e internos) son seguros, peligrosos o ponen nuestra vida en peligro. Pero este mecanismo –como todos hemos experimentado y vemos en nuestra vida diaria y nuestras consultas– no es exacto y, a veces, puede fallar. Podemos sentir una emoción (y la sensación añadida) que valore erróneamente el peligro al que nos vemos expuestos. Se puede sobrevalorar el peligro y mostrar una reacción excesiva ante un estímulo inocuo, como ocurre, por ejemplo, en el caso de las fobias. O bien, se puede ignorar dicho estímulo porque haya otra emoción que sea más intensa, como en el caso de una mujer maltratada que sigue teniendo relaciones con el maltratador porque el miedo al abandono supera al miedo a sufrir daños físicos.

Las emociones son inconscientes en el sentido de que no podemos controlar su aparición, lo cual va a hacer que dominen de forma involuntaria gran parte de nuestra mente y nuestro cuerpo. Podemos controlar la expresión de la emoción –por ejemplo, sonreír– cuando estamos enfadados, pero no podemos tener ningún control sobre la emoción misma (Ramos et al., 2009). Los humanos, a diferencia de otros animales, podemos experimentar emociones sin que intervenga el pensamiento, como cuando algo o alguien nos provoca por ejemplo, miedo. Sin embargo, no puede existir cognición sin emoción. Si pensamos en las vacaciones que disfrutaremos en los próximos días, nos emocionaremos de forma positiva; pero si imaginamos que hay cucarachas en nuestra cocina, sentiremos asco o miedo. Las emociones, a su vez, ayudan a modular el pensamiento y a decidir qué acciones vamos a tomar.

Recuerdo cuando, de niño, se me caía un diente y lo guardaba debajo de la almohada esperando que por la mañana el ratoncito Pérez me hubiera traído un regalo. Sentía ilusión y emociones diversas, y como a la gran mayoría de los niños, no se me cruzaba por la mente ningún pensamiento cuestionando el hecho de que un ratón viniera por la noche buscando uno de mis dientes y, a cambio, me dejara algo de dinero. Ahora sé que no tenía desarrolladas muchas de mis áreas cerebrales y, por lo tanto, no podía analizar lo que ocurría a mi alrededor con los conocimientos que tengo hoy en día. Las áreas relativas al pensamiento lógico se fueron formando y madurando posteriormente, hasta llegar a ese momento en que empezamos a abandonar la infancia y a ver el mundo con lógica y mucha menos inocencia.

En los seres humanos, los circuitos cerebrales relacionados con el pensamiento empiezan a madurar a partir de los 2-3 años de edad y no se desarrollan del todo hasta los 25-27 años aproximadamente. En cambio, los circuitos emocionales se desarrollan –como veremos en los próximos capítulos– en los primeros meses de gestación en el útero materno y la mayoría están ya operativos desde el nacimiento. A medida que crecemos podemos sentir emociones y tomar decisiones racionales en función del desarrollo madurativo y de las circunstancias ambientales. Muchas veces será el circuito emocional el que predomine en la conducta, bien porque por edad no esté desarrollado todavía el circuito cerebral relativo al pensamiento o porque la emoción sea tan intensa (generalmente un peligro) que no permita ninguna valoración cognitiva.

La emoción también puede funcionar como una especie de filtro, un atajo que reduce la cantidad de información que hemos de utilizar para responder a estímulos ya conocidos y poder así optimizar las respuestas que nos permiten adaptarnos a diferentes situaciones en el menor tiempo posible y, por consiguiente, con el menor gasto posible de energía (Palmero, 1996). Esto explicaría por qué muchas veces actuamos de forma instintiva y con acierto sin tener que pensar en lo que hacemos, aunque este «instinto» puede ser también fuente de problemas si actuamos de forma impulsiva en situaciones que necesitan o merecen reflexión.

En mi experiencia clínica, la mayoría de las personas que vienen buscando ayuda lo hacen porque existe una lucha entre lo que «saben» que deben hacer (cognición) y lo que «pueden» hacer (emoción). Las emociones, en situaciones que se perciban como generadoras de ansiedad o alerta, van a hacer, por un lado, que pensar se convierta en algo muy difícil o imposible y, por otro, que se pueda actuar de forma impulsiva, lo cual, en ocasiones, puede incluso llegar a ser patológico.

Las emociones son disposiciones inconscientes, unas veces positivas y otras negativas, que se originan ante estímulos significativos y se producen en diferentes sistemas cerebrales. Pueden estudiarse en función de diferentes factores (Aguado, 2005):

-Experiencia subjetiva: Sentimiento interno e inconsciente de las emociones.

-Apreciación cognitiva: Emociones sentidas de forma consciente que pueden ser explicadas verbalmente.

-Experiencia conductual: La actuación que se realiza ante un estímulo interno o externo.

-Activación fisiológica: Respuestas del sistema nervioso autónomo (hormonal y somático) y del sistema nervioso central.

Para observarlo de una forma gráfica se puede valorar en la figura 3.1

 
Figura 3.1 La emoción está interconectada con el pensamiento, la cognición y las respuestas fisiológicas. No podemos entender unos sin los otros, todos están relacionados entre sí.

A nivel psicológico, nada de lo que nos ocurre puede explicarse fuera del campo de la neurobiología, ciencia que estudia la fisiología y la anatomía de nuestro cerebro. Son muchos los órganos cerebrales implicados en el pensamiento y las emociones. Aquí destaco dos: la corteza prefrontal, que juega un papel fundamental en la toma de decisiones, y la amígdala, que gracias a su valoración del peligro resulta una estructura esencial en las emociones (Ledoux, 1994). La unión entre la corteza prefrontal ventromedial (neocórtex) y la amígdala configura un circuito neurobiológico que permite explicar el papel que juega la emoción en la toma de decisiones. Ese circuito podría ser considerado como la estructura neuroanatómica implicada en la conexión entre emoción y cognición (Palmero, 1996).

 

 

HOMEOSTASIS Y PATOLOGÍA

Mi experiencia como biólogo me ha permitido tener una visión global del funcionamiento de los seres vivos, tanto a nivel microscópico –estudiando el funcionamiento de una bacteria o una célula– como a nivel macroscópico –analizando cómo funciona un ecosistema con múltiples especies animales y vegetales. Un ser humano no funciona de forma diferente a como lo hace cualquier ecosistema: los órganos internos se interrelacionan entre sí y también con el exterior.

La teoría general de sistemas defiende que todos los seres vivos son sistemas que se relacionan con el exterior (varios sistemas constituyen un suprasistema) y, a su vez, con sus órganos internos (subsistemas). Todos los subsistemas se pueden dividir, a su vez, en otros sistemas más pequeños. Esto genera una malla de relaciones que nos ayuda a crear un modelo que conecta nuestra mente con nuestro cuerpo y con el medio ambiente. Una persona es un sistema formado por otros subsistemas, como el cerebro o el cuerpo, los cuales, a su vez, están compuestos por órganos (subsistemas). Este individuo tiene hermanos y padres, los cuales conformarían un suprasistema que sería la familia. Todos los sistemas son abiertos y, por tanto, están en continua relación e influyen los unos sobre los otros.

Al mantenimiento de un equilibrio entre todos los sistemas es a lo que llamamos homeostasis y supone un gran esfuerzo lograrla. Gracias a la física, sabemos que todo sistema abierto –y el ser humano lo es– tiende a la máxima entropía o desorden (segunda ley de la termodinámica), y que conlleva un gran gasto de energía reducir ese desorden al mínimo. Por tanto, los organismos vivos tienden a utilizar la energía de la forma más rentable posible.

En nuestra vida diaria intentamos mantener un equilibrio entre nuestra vida personal y laboral. Tratamos de tener tiempo para el ocio y para cuidar de las personas que amamos. Todo esto supone un esfuerzo y un gasto de recursos físicos, económicos o de tiempo. También podemos gastar energía en tratar de mantener a raya a personas que nos resultan tóxicas o pensamientos y sensaciones que nos afectan de forma negativa.

Cuando dicho equilibrio u homeostasis se rompe –en la relación que tenemos con nosotros mismos y/o con los demás– es cuando hablamos de enfermedad o patología. En lo que respecta a la psicología, la ruptura del equilibrio sería lo que llevaría a la persona y/o a su entorno a sufrir. Hablamos de integración cuando existe una homeostasis entre todos los sistemas internos y externos que les hace actuar de una forma coordinada, eficaz y sana.

Como hemos visto, las emociones funcionan como un atajo o evaluador para tomar decisiones con la mayor velocidad y el menor gasto energético posible. En la mayoría de los casos esto resulta muy útil y eficaz. Pero a veces estos atajos llevan a la patología. Si algo es experimentado como útil por nuestro cerebro emocional, la tendencia será a repetirlo, aunque la respuesta en el presente (puede que muchos años después) sea patológica.

Muchas conductas patológicas se mantienen en el tiempo porque aquello que hicimos en un momento determinado resultó útil para sentir bienestar o, al menos, para atenuar el malestar. Nuestro cerebro emocional guarda memoria del evento y tenderá a repetir la conducta cuando aparezca algún estímulo que sea parecido al original. Es por esto que los psicólogos siempre preguntamos cuándo fue la primera vez que sintió una sensación de bienestar asociada al problema.

Como veremos en los próximos capítulos, las patologías incluyen pensamientos, emociones o conductas que, aunque sepamos que actualmente resultan inadecuadas y patológicas, resultan inevitables. En su momento sirvieron para lograr una homeostasis a nivel interno, externo o ambos, pero continuar haciéndolo de la misma manera en la actualidad da lugar a una patología.

Según Siegel (2009), en psicología existen tres sistemas fundamentales para mantener el equilibrio u homeostasis:

-Sistema nervioso: Se refiere al funcionamiento de todo lo relacionado con el sistema nervioso central y autónomo. Tiene relación con todo lo orgánico y fisiológico.

-Mente: Se refiere a la interpretación que hacemos de lo que sentimos en nuestro interior y a nuestro alrededor. Por ejemplo, una persona puede sentir un dolor en la barriga y pensar que puede tener un cáncer, lo que le llevará a preocuparse en exceso y, aunque no haya evidencia médica de un trastorno, no podrá dejar de preocuparse.

-Relaciones interpersonales: Se refiere a cómo interactuamos con los demás seres humanos desde nuestro nacimiento hasta el fin de nuestros días. Los seres humanos somos animales sociales y las emociones van a jugar un papel vital en nuestra forma de relacionarnos con los demás. Nuestra infancia va a crear los cimientos de la forma en que nos vamos a relacionar con los demás a lo largo de nuestra vida.

La figura 4.1 refleja el equilibrio dinámico que debe existir en el ser humano entre lo que ocurre en nuestro cerebro, la manera en que esto repercute en nuestra mente (cómo interpretamos el mundo) y las relaciones con los demás. Si este equilibrio dinámico se rompe, surge la patología.

 
Figura 1.2: Relación mutua entre los tres sistemas vitales de los seres humanos con el fin de mantener un equilibrio psicológico sano (Siegel, 2010)

Damasio (2011), uno de los neurobiólogos actuales más prestigiosos, defiende que no se puede concebir al ser humano sin desarrollar una perspectiva integrada de la mente y el cerebro. Cuando los sistemas no están integrados, nos encontramos con estados de rigidez o de caos, o con ambos. Para que exista salud, ha de existir un equilibrio dinámico entre los tres. Si se produce una ruptura de ese equilibrio –por ejemplo, algún problema en el entorno familiar– tendremos que esforzarnos en volver a encontrar un equilibrio nuevo que resulte satisfactorio.

 

 

EL MIEDO Y EL APEGO

La evolución ha ido creando durante millones de años sistemas biológicos que contienen múltiples emociones relacionados con la supervivencia y la reproducción. Estos sistemas necesitan, a su vez, múltiples órganos para su funcionamiento. A lo largo del libro vamos a centrarnos principalmente en dos sistemas:

-Sistema de defensa: Es un mecanismo básico para saber qué cosas evitar, qué puede hacernos daño o a quién debemos temer. Este sistema incluye todos los aspectos relativos al miedo en situaciones relacionadas con alguna experiencia traumática.

-Sistema de apego: Es vital para la supervivencia en los primeros años de vida y posteriormente para la reproducción y la conservación de los seres humanos como especie. Este sistema se va a ir modificando con la edad.

Durante la infancia, se van a ir construyendo los cimientos de la personalidad mediante la relación con los cuidadores.

En la adolescencia, con la aparición de la sexualidad, se producirá la ruptura emocional con los padres y la elección de pareja (en todas las especies la ruptura será física; en los humanos, por temas culturales, suele ser solo emocional).

Finalmente, en la edad adulta se formará una familia, se tendrán hijos y se perpetuará el ciclo.

Cada etapa tiene unos objetivos: para un niño, lo más importante será tener contacto físico y emocional con los cuidadores; en la adolescencia, llegar a ser aceptado por los iguales y formar pareja, y en la edad adulta, poder cuidar de la descendencia. En cada periodo existirán amenazas diferentes que irán variando, al igual que los recursos, a medida que crecemos.

Las anomalías en cualquiera de estos dos sistemas provocarán una ruptura del equilibrio psicológico y la mente deberá buscar elementos diferentes para restablecer la homeostasis. Estas se ordenarán en un gradiente de extremadamente rígidas (por ejemplo, «evito todo lo relacionado con algo que me da miedo») a caóticas (por ejemplo, «tengo muchas relaciones sexuales para poder encontrar el amor»).

Las emociones relacionadas con el miedo son principalmente vergüenza, culpa, ira o asco, y las sensaciones asociadas son dolor y ansiedad. Las emociones implicadas en el apego incluyen todo lo relacionado con los seres queridos en la infancia, la búsqueda de personas afines y el amor en la adolescencia y edad adulta. Podríamos concluir que las emociones que sentimos en relación con el miedo son negativas y las relacionadas con el apego son positivas, pero las cosas son mucho más complejas. En muchos casos, son las personas que más se quieren, las que más daño hacen, y las que más miedo provocan.

Cada vez que sentimos una emoción, nuestro cuerpo guarda memoria de esta (Damasio, 2012; Scaer, 2014). Nuestro cuerpo y nuestra mente siempre guardan memoria de lo que ocurrió para recordarlo en el futuro, con un afecto bien positivo (búsqueda), bien negativo (evitación). Esta idea ha supuesto un revulsivo tanto en mi carrera profesional como en mi vida personal: notar las sensaciones y hacérselas notar a los pacientes nos ayuda a ser mucho más conscientes de nuestras emociones.

Para poder lograr el equilibrio psicológico entre la búsqueda sana y la evitación, tenemos que integrar información que va a quedar almacenada en dos niveles diferentes.

-Nivel vertical: Es la relación que se establece entre nuestro cuerpo y nuestra mente. Estas dos partes quedan unidas a través del sistema nervioso autónomo. Nuestro cuerpo envía continuamente información sobre las diferentes sensaciones al cerebro y viceversa. Este intercambio constante de información entre ambas partes permite evaluar las respuestas más adecuadas de aproximación o de evitación. Como hemos visto, muchas veces esta información puede ser ignorada o sobrevalorada, lo que puede conducir a la patología.

-Nivel horizontal: Es la relación que se establece entre cognición (nivel cortical) y emoción (nivel subcortical) y, por tanto, solo existe en los seres humanos. Nuestro cerebro está lateralizado y también hay diferencias a nivel hemisférico: el hemisferio derecho está más relacionado con las emociones y el izquierdo con el lenguaje y la lógica. Estos aspectos nos diferencian de todos los seres vivos, dado que el ser humano es el único animal que posee lenguaje y cognición.

Durante la infancia, aprendemos la forma de relacionarnos con nosotros mismos y con los demás, y estos aprendizajes nos acompañan durante el resto de nuestra vida. En la figura 1.3 vemos que la calidad del afecto que recibimos en nuestros primeros años y la previsibilidad (cognición) del comportamiento de los padres serán lo que dé lugar a los diferentes tipos de apego (Crittenden, 2005). Estos aprendizajes emocionales determinan gran parte de la conducta en nuestras interacción con otros seres humanos en la edad adulta (ver capítulo 4).3

 

 
Figura . 1.3 Según Crittenden (2015) la calidad de los afectos con los padres y la previsibilidad de su comportamiento hacen que se dé un equilibrio entre las áreas corticales (cognitivas) y subcorticales (emocionales). En función del equilibrio que se produzca, se desarrollarán diferentes tipos de apego.

Las personas que en su infancia experimentaron una falta de afecto (apego evitativo) darán más importancia a las cogniciones (mente), mientras que los que eran incapaces de prever las acciones de los padres y desarrollaron un apego ansioso darán prioridad a las sensaciones corporales más que a las cogniciones. Los individuos en cuya infancia existía un equilibrio entre las cogniciones y las sensaciones (apego seguro) serán más equilibrados en la edad adulta y más capaces de actuar de una forma mucho más acertada.

Podemos crear también una división horizontal entre la mente y el cuerpo, y una horizontal entre la cognición y la emoción. Estos cuatro aspectos se encuentran interaccionando constantemente e influyéndose mutuamente.

En la gráfica 1.4 podemos ver cómo en el ser humano existen relaciones entre diferentes aspectos que van a determinar la psicología de los individuos.

 

 
Figura 1.4 En los seres humanos existe una interrelación entre diferentes elementos que constituyen la singularidad de nuestra psicología. Todos se influyen unos a otros, la salud consistiría en un equilibrio u homeostasis sano entre sí.

Aquellas personas que no hayan podido encontrar un equilibrio sano en su infancia en las relaciones consigo mismo y con los demás, tratarán de encontrar la homeostasis bien en factores externos que les hagan no sentir las sensaciones de malestar (comida, drogas, otras personas), bien en factores internos (pensamientos o sensaciones).

 

 

PSICOPATOLOGÍA Y ANSIEDAD

El DSM 5 (APA, 2015) clasifica los trastornos psicológicos en función de los síntomas. Aquí se describen los trastornos en función del tipo de regulación que se elige de forma inconsciente para poder recuperar la homeostasis y la sensación de bienestar.

-Cognitivos: En este tipo de trastornos se dará una predisposición a utilizar excesivamente las áreas cognitivas y todo lo relacionado con el pensamiento y el control. Ejemplos de estos trastornos pueden ser las obsesiones o los trastornos obsesivo-compulsivos.

-Emocionales: Estos son todos aquellos trastornos que están relacionados con el miedo. Este puede ser a cosas reales como fobias o a elementos imaginarios. Aquí se incluyen las fobias sociales o los ataques de pánico.

-Somáticos: En este grupo de trastornos, es el cuerpo el que sufre el principal daño. Aquí se incluyen los trastornos alimenticios, los conversivos o los psicosomáticos.

-Interpersonales: Estos son los trastornos de personalidad que afectan a las relaciones con los demás, como el trastorno límite, el trastorno narcisista o la psicopatía. En este grupo podríamos incluir también todo lo relacionado con la dependencia emocional.

-Adictivos: Son aquellos que incluyen conductas que tratan de evitar la confrontación con el dolor asociado a algún recuerdo o situación actual. Aquí se incluyen las adicciones a sustancias, la ludopatía y las conductas de riesgo.

-Orgánicos: Tienen una base biológica y requieren medicación para su tratamiento, como el trastorno bipolar o la esquizofrenia. En estos casos el origen obviamente no sería un mecanismo de regulación emocional sino algo totalmente orgánico.

A lo largo del libro hablaremos de una división entre elementos conscientes e inconscientes de la mente (Ginot, 2015).

Mente consciente: Se refiere a todo aquello que tiene que ver con nuestra voluntad, lo que hacemos de forma consciente. Este aprendizaje se almacena en la memoria explícita. Empezamos a aprenderlo con la aparición del lenguaje pero no estará plenamente desarrollado hasta el final de la adolescencia.

Mente inconsciente: Tiene relación con aquello que es emocional y somático, es decir que no está bajo nuestro control. Se almacena en forma de memoria implícita y es todo lo que aprendemos en los primeros años de nuestra vida, ya que es el único aprendizaje que nuestro cerebro permite.

Mi experiencia en la consulta me ha hecho ver que la inmensa mayoría de las personas que vienen en busca de ayuda lo hacen por una lucha entre estos dos niveles. Los individuos saben lo que deben hacer, pero no pueden evitar hacerlo. Las personas que no pueden dejar de pensar o que sienten que su comportamiento ha escapado a su control tienen el mismo elemento en común: emociones y pensamientos que no pueden manejar y que dominan su comportamiento.

La ansiedad vendría provocada por las sensaciones negativas que sentimos en nuestro cuerpo cuando nuestro cerebro activa señales de alarma. Estas pueden ser elementos internos como sensaciones corporales o externos como cualquier estímulo que provoque miedo o problemas en las relaciones interpersonales.

En la mayoría de los casos, la ansiedad se manifiesta de forma recurrente sin que el individuo pueda conocer su origen ni como aplacarla. La ansiedad puede manifestarse por algo que ocurrió hace mucho tiempo y ha quedado guardado como memoria traumática, por miedo a que ocurra algo malo en el futuro o por una sensación de soledad, entre otras causas. En todos los casos, es un mecanismo ancestral de alarma que indica que hay una ruptura en el equilibrio psicológico.

La mayoría de las terapias psicológicas se basan solo en un aspecto de los vistos hasta ahora. La terapia cognitiva-conductual se basa en la cognición. La terapia psicoanalítica y gestáltica en la emoción, las terapias médicas en la biología del cerebro y las terapias somáticas en el cuerpo. El enfoque de este libro es un modelo integrador entre las tres partes que conforman la psicología del ser humano: la cognición, las emociones y el cuerpo.

 

 

CONCLUSIONES

Las emociones son un elemento básico del funcionamiento psicológico del ser humano. Estas son compartidas con todos los mamíferos. El ser humano tiene también cognición, la capacidad de pensar y razonar. Las emociones cumplirían una función reguladora del pensamiento y las conductas.

El cuerpo refleja las emociones a través de las sensaciones, y nuestra mente utiliza estas a su vez para valorar el entorno como seguro o peligroso. El miedo y el apego constituyen dos sistemas emocionales, entre otros, básicos para la supervivencia del individuo y de la especie.

Serían las experiencias tempranas en relación con los cuidadores las que determinen los rasgos emocionales que el niño tendrá a lo largo de toda su vida. Estos quedarán guardados en forma de memoria inconsciente (implícita) y se repetirán de forma involuntaria en relación a otros individuos a lo largo de toda la vida.

En el caso de que se produzca una ruptura del equilibrio interno o en relación con los demás, la mente tenderá a buscar mecanismos de regulación para no sentir malestar. Estos mecanismos –que en su origen pudieron resultar útiles– con el paso del tiempo pueden convertirse en patológicos, haciendo que el individuo sienta que sus emociones, cogniciones y conductas escapan a su control.

Las sensaciones corporales de malestar son lo que se conoce como ansiedad y, en su origen, son un mecanismo de alerta que activa el cerebro para buscar un equilibrio nuevo. Sin embargo, los mecanismos usados para evitarla suelen crear una patología nueva y un mal mayor que el que se pretende evitar.

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